“Uno es de donde mejor se siente”, repite varias veces el escritor chileno Luis Sepúlveda en su colección de relatos Patagonia Express,
como homenaje a los viajes, a los movimientos migratorios que comparten
personas y animales y que enriquecen pueblos y tradiciones. El autor,
un trotamundos devoto, publicó en 1995 su largo viaje tanto geográfico
como interior que lo llevó a conocer la Patagonia chilena y argentina y
toda América del Sur hasta reencontrarse con sus orígenes españoles. En
su octava edición, los relatos regresan una vez más de la mano de
Tusquets Editores con la misma sinceridad y el mismo latido vivencial de
antaño. Aunque está compuesto por un mosaico de historias algo
disperso, el alma del libro transmite un mensaje muy claro y coherente
que permite la unidad de una novela: la reivindicación del viaje como
forma de conocerse a uno mismo.
Como toda aventura, el viaje de Sepúlveda empieza con las ideas, concretamente con un libro, el de Así se templó el acero de Nikolái Ostrovsky,
que le entrega su abuelo y lo colma de pensamientos socialistas, lo que
le valdrá la cárcel tras el golpe de estado de Augusto Pinochet en
1973. El destierro es el único viaje de Patagonia Express que
no es voluntario. El resto de trayectos del libro, que se emprenden en
ferrocarriles, avionetas o camiones indistintamente, llevan a Sepúlveda a
conocer muchos pueblos, casas y bares de Patagonia. El sitio más
austral del mundo, protegido por las inclemencias meteorológicas,
constituye una guarida perfecta para que convivan desde pilotos
temerarios hasta locutores radiofónicos que pretenden informar y
comunicar a los patagones entre sí, familias acaudaladas que buscan
casar a sus solteras o relegados políticos de la dictadura de Pinochet.
Con la voz discreta y a veces incluso pasiva de un narrador en primera persona, Sepúlveda
va impregnándose de todas estas historias que vive en su propia piel o
que escucha en los bares con olor a asado y en las calles. Todo ello
conforma un mundo rebosante de vida, en ocasiones encantadoramente
ingenuo, que recupera el gusto por la tradición oral y que devuelve su
valor a las historias e, incluso, a las mentiras. “En esta tierra
mentimos para ser felices. Pero ninguno de nosotros confunde la mentira
con el engaño”, asegura el personaje de uno de los relatos en una clara
defensa de la ficción. Los ladrones de bancos Butch Cassidy y Sundance
Kid que acabaron refugiándose en Patagonia representan a lo largo del
libro este aire legendario que cubre el fin del mundo y que permite
ensalzar valores como la amistad o el ecologismo.
Como todo viaje, por largo que sea, la aventura de Patagonia Express
acaba llegando a su punto de destino, que no deja de ser el mismo que
el de partida: uno mismo, aunque con muchos kilómetros y experiencias de
distancia.